Las breves historías que vienen a continuación coinciden en la búsqueda del erotismo. A ver que les parece.
El sol que entraba por el pinar nos calentaba ayudado por la soledad de nuestros cuerpos desnudos.
Entonces vimos un pino inclinado y de ramas cambadas quien sabe si por el viento, o por los amantes que, como tú y yo, se subían a ellas para regar sus raíces de líquidos amatorios.
Te acomodaste en una rama formando una nueva horqueta, un injerto de carne excitada y muslos tiesos, después yo me subí en otra y proseguí los injertos, si embargo, estos últimos se hacían y se deshacían, se hacían y se deshacían… ignorando el atardecer, la noche, el frío.
Las pelvis percutían y se rozaban por todas las caras posibles.
Los gemidos de los dos amantes y de la vieja cama iban más allá de la ventana entreabierta.
Distintos flujos, (vaginales, bucales y lubricantes que dilataban lo que ya estaba más que abierto) corrían por el colchón y rebañaban el sudor de los cuerpos.
Pero el punto más húmedo no estaba en la habitación, sino en los ojos que lloraban observando la escena a través de la ventana entreabierta.
Tus numerosos lunares, guiaban mi lengua en innumerables travesías por tu cuerpo. Eran las estrellas que orientan a los navegantes en las noches de la mar, pero mi lengua navegaba por un fondo seco que no tardaba en verse inundado de babas y semen.
Ahora los miro, inútilmente empalmado, aislado en un extremo de la cama y añorando la barca del deseo que sucumbió en un tsunami de reproches.
Ahora soy un navegante frustrado para quien el mundo se ha vuelto plano, porque sólo veo una espalda, y sus lunares, que se han vuelto rojos, me hacinan en la desidia.
Aquella noche, cada uno pretendía deambular en soledad por las calles, como licántropos que buscan devorarse a sí mismos para acallar pasiones. Pero, cuando nos vimos, no dudamos en romper nuestras corazas para lanzarnos, en carrera, a una fiera cacería de lenguas.
Chocamos, nos embadurnamos las bocas y las caras con tabaco y ron. Huimos por la llanura de asfalto mientras nos olisqueábamos como perros y ayudábamos con las zarpas a ese cadencioso reconocimiento. Nos arrancamos a mordiscos los disfraces que ocultaban nuestra verdadera naturaleza.
Después vinieron los aullidos, y la noche fue su pasto.
Quería sumergirme en la luna,
penetrar cada uno de sus cráteres,
alimentarme del polvo de su llanura infértil,
subyugada a luz del celoso sol,
que la ilumina para que la admiremos,
impotentes,
incapaces de alcanzar nuestros sueños,
y temerosos de que,
con el siguiente eclipse,
desaparezcan para siempre.
Hace un momento fui partícipe mudo de una conversación donde se poetizaba la productividad literaria mediante un burdo aforismo. Desde luego, y por mucho que queramos creer lo contrario, la literaura verdadera no entiende cantidad sino de calidad. Y si la cantidad existe es fruto de años y años de búsqueda cualitativa, ella no entiende bussines, ni de fechas, ni de horas. Incluso las novelas fugaces que desaparecen con una moda para ser tragadas por la historia, suelen venir después de intentos fallidos y de años trabajo. Desde luego, yo no me considero la persona idónea para definir a la literatura, pero a los que sueñan con ser imprentas autómatas, les digo que dejen los bussines para la industria y otras desgracias, porque la literatura es el deseo de escuchar al mundo en intentar traducir su voz, para que todos podamos participar en una conversación o una soledad colectiva que nos haga ser más comprensivos, abiertos y solidarios con los que nos rodean, si no, sin esta dedicaión, a veces suicida, opino que tan sólo es papel mojado.
“Escribir (y leer) es como sumergirse en un abismo en el que creemos haber descubierto objetos maravillosos. Cuando volvemos a la superficie sólo traemos piedras comunes y trozos de vidrio y algo así como una inquietud nueva en la mirada. Lo escrito (y lo leido) no es sino la traza visible y decepcionante de una aventura que, al fin, se ha revelado imposible. Y sin embargo hemos vueltos transformados. Nuestros ojos han aprendido una nueva insatisfacción y no se acostumbran ya a la falta de vidrio y de misterio de lo que se nos ofrece a la luz del día. Pero algo en nuestros pechos nos dice que, en la profundidad, aún relumbra, inmutable y desconocido, el tesoro.”
1
Ella me daba la espalda concentrada en las cebollas que picaba e iluminada por los rayos de sol que entraban por la puerta de la pequeña terraza.
Las campanas de la catedral cercana a nuestra casa daban las dos, y yo aproveché su escandaloso batir para entrar sigilosamente en la cocina y sorprenderla con un abrazo.
-¿Qué haces? ¿Quieres soltarme, por favor?- me gritó sobresaltada cuando le abracé.
-Tan solo quería hacer las paces.- Le susurré al oído.
-Ahora no es el momento ¿No ves que estoy haciendo la comida? Sabes que odio que me interrumpan cuando estoy haciendo algo.- después se soltó de mis brazos y los apartó con los codos. – Si es por ti no comeríamos en todo el día. Nos quedaríamos mirando al techo presas de la disipación.
-Pero si venía a ayudarte.
-Pues, como siempre, llegas tarde, ya está hecho casi todo. Y de todas maneras, me sentiría más tranquila si te fueras a pegar una ducha, no es muy agradable cocinar junto a un olor tan molesto, ¿sabes? y mucho menos que su dueño te abrace.
Me fui a duchar sin contestar a la pregunta y sin ninguna intención de volver a la cocina, porque me daba la impresión de que, aunque volviera limpio, ella me daría cualquier otra razón para que no estuviese a su lado.
2
El lunes por la tarde me reuní con Galván, un viejo amigo, en una cafetería que solíamos frecuentar y, cuando entre por la puerta, vi que tenía dos rones con limón en la mesa donde estaba sentado.
-Qué ¿Vas quemar la noche hoy lunes?- dije cuando llegué a la mesa.
-Creo que sí.- después señaló el vaso más lejano a él- ¿te animas?
-Pues no sé. No estaría mal…
-Pero…
-Las cosas no me van muy bien con Aurora. Hoy tuve que ir a trabajar con las espalda destrozada por los viejos muelles del sofá. Ni siquiera ha querido hablar conmigo después de una discusión que tuvimos ayer por la mañana.
-¿Y pretendes volver a casa como un perrito faldero?
-No seas injusto, tiene motivos para estar así conmigo. Sobre todo por mi relación con el sofá del salón. Creo que le tiene celos, quizás porque le toco más a él que ella. Además, mañana trabajo temprano. Pero claro, como tú tienes horario de profesor seguro que entras a trabajar por la tarde.
- Te equivocas, entro a trabajar por la mañana y sabes que para mi eso no es ningún impedimento, me encanta dar clases de literatura resacado. Además, – dijo mientras sacaba una bolsita blanca del pantalón- he comprado perica.
-Nunca cambiarás, Galván. ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que ya no tenemos veinte años?
-Esto me ayuda a inspirarme compañero y a ti también.
-Sabes que a ti te ha inspirado el trabajo, si no, no tendrías la obra que tienes. Yo nunca fui tan disciplinado como tú y la coca sólo me ha ayudado a hacer más llevaderas las jornadas en las que cargo y descargo aviones en el aeropuerto. Así que no me digas que es la panacea. Yo nunca he acabado una novela.
A pesar de la rotundidad de mis palabras, cuando se fue al baño a echarse una raya, le pedí que me dejara una preparada sobre la tapa de la cisterna.
Después de echármela, las razones para volver a casa y los problemas que solucionar se disiparon, las copas entraron mejor, y la cháchara, avivada por más dosis, se perpetuó hasta la noche con innumerables temas que salían de nuestras cabezas colocadas.
Cuando el bar cerró, compramos una botella de ron en el bazar de un chino y nos unimos a un grupo de gente que tocaba guitarras y cantaba boleros en los bancos de una plaza.
A las cinco ya se había a acabado el ron y yo decidí irme a casa para dormir por lo menos dos horas antes de ir a trabajar. Al despedirnos, Galván me dio una bolsita para la resaca.
Por el camino pensé que Aurora debería estar muy enfadada, así que, cuando llegué al portal, subí las escalera del pasillo y abrí la puerta del piso tratando de hacer el menor ruido posible. Entonces crucé la puerta de la entrada y me di cuenta de lo inútil de mi esfuerzo, pues no había nadie a quien despertar y la casa estaba medio vacía.
Me duché y traté de dormir algo, pero los efectos de la coca no bajaban y el olor de Aurora impregnaba las sábanas.
3
Dos horas después, cogí la guagua de la empresa con el propósito de dormir durante la hora de camino que me separaba del aeropuerto. Pero mis compañeros de trabajo, que gritaban y se deshacían en insultos sexistas mientras se pasaban varios móviles de mano en mano, me lo impidieron.
En una de estas, un móvil llegó al que estaba sentado al lado mía, quien al ver la imagen comenzó a reírse estrepitosamente.
- Déjame mirar – pedí para saber el motivo de las risas.
- Mira que guarrilla – me dijo él mientras me acercaba el móvil. En la pantalla, un hombre de testículos enormes se dedicaba a meterlos, de uno en uno, por el recto de una chica que no tenía pinta de estar pasándolo muy bien.
El compañero río esperando mis carcajadas. Yo tan sólo puede simular una sonrisa forzada y escueta que se repitió cada vez que otro móvil pasaba por sus manos.
Cuando se acabó el repertorio de videos, comenzaron hablar de unos donde alguien se bebía semen de caballo, de otros donde un vagabundo se dejaba pegar una paliza por dinero y de algunas lindezas más de esta índole, hasta que llegamos al aeropuerto, bajaron de la guagua con el lívido por las nubes y lo pagaron con varias turistas que miraban extrañadas sin entender las proposiciones y los insultos. Yo agaché la cabeza invadido de vergüenza ajena. La jornada prometía ser muy larga.
El cometido diario del trabajo era asignado de manera aleatoria, y ese día me tocó cargar los carros, que llevaban a las bodegas de los aviones, con las maletas que bajaban por la cinta de facturación.
El capataz me puso junto a Gutiérrez, un escaqueado de mucho cuidado al que le tuve que llamar la atención a las tres horas de estar juntos.
- ¿Te animas a coger una maleta de una vez? – le dije. Se había pasado todo el tiempo hablando con el capataz, quien hacía la vista gorda a que no me ayudase debido a la amistad que mantenía con él.
- ¿Por qué dices eso? – me respondió ofendido.- Relájate hombre, ya queda poco para la hora de la comida.
- Tú ayúdame y me relajaré.
Mis palabras parecieron convencer a Gutiérrez, porque empezó a cargar maletas, pero cuando iba por la tercera volvió a parar, esta vez para observar a una chica que barría el suelo.
- ¿Has visto? Juraría que es inmigrante.
- ¿Y eso qué más da?- él no contestó a mi pregunta, se limitó a seguir observando a la chica que ya estaba al lado nuestro.
Yo me quité de en medio para dejar que barriera la zona donde estábamos, pero Gutiérrez se quedó en el sitio.
- ¿Me puede dejar pasar, señor?- dijo la muchacha.
- ¿De donde eres? – le preguntó él sin moverse.
- De Cuba.- respondió ella con una sonrisa.
- ¿Y a que has venido a aquí? ¿A dejarnos sin trabajo? – la sonrisa se borró de la cara a la chica, que trato de ignorarlo y seguir barriendo por otro sitio. Pero él no había acabado.
- ¿Qué pasa? ¿Es qué te da vergüenza admitirlo?
- ¿Me puede dejar tranquila?
- ¿Por qué no le dejas en paz?- dije. Pero me ignoró y siguió humillando a la chica.
- Qué ¿y cuanto cobras?
- ¿A usted qué le importa lo que cobre por hacer esto?
- No me refería a esto, sino a que cuanto cobras por el completo. Lo digo porque como vienes de un país de putas.
La chica se echó a llorar y mi pulso subió de ritmo.
- Que la dejes en paz – volví a decir. Pero él seguía preguntándole cuanto cobraba una y otra vez mientras el capataz observaba la escena desde la distancia con una sonrisa cómplice.
Al final la chica se alejó llorando mientras Gutiérrez se reía y le decía al capataz: – Has visto lo que le Dicho. Que se joda. Ahora se pensará volver a su país.
Quizás fue por todos los años que me había pasado aguantando canalladas de esas, o por ser el bicho raro y avasallado de la empresa al no compartirlas, o por que Aurora se había ido, o porque ir al baño a usar el regalo de Galván me había acelerado más de la cuenta. El caso es que mis cuerdas vocales se tensaron por pesares que parecieron aligerarse cuando comencé soltar los gritos.
Por mi boca salieron innumerables reproches que había acumulado durante años, pero Gutiérrez parecía no escucharme, porque sólo me respondía que no le escupiera mientras hablaba. Sin embargo, yo continué echándole cosas en cara acompañadas de salivazos hasta que estampó la palma de su mano derecha contra mi boca y me dejó con un labio sangrando.
Un poco más tarde, el jefe de personal no creyó mi versión. Gutiérrez y el capataz se aliaron y le convencieron que el primero no tuvo otra elección que defenderse cuando yo trataba de tirarle una maleta en la cabeza.
Sabía lo que me esperaba, pero, de todos modos, ya había pensado en dejar aquel condenado trabajo. Lo que no entendía es que como podía ser que esas personas fueran las mismas que, a veces, me encontraba por la calle cogidos de la mano con sus mujeres, con sus hijos en los hombros, y con caras bonachonas .
4
<<Buenas tardes, estamos aquí, en este espléndido día, para retransmitir la romería de la patrona de todos los canarios, nuestra señora La virgen del Pino.>>
Había pasado una semana y el sofá me abrazaba como una novia celosa.
<<Dentro de unos instantes hablaremos con los componentes de las rondallas, pero primero vamos a contactar con nuestra corresponsal, Marta Domínguez, que se encuentra en Tamaraceite con algunos de los peregrinos que andan hacia Teror para rendirle culto a la virgen. Adelante Marta.>>
<<Buenas tardes, Roberto. Ya llevamos algunos kilómetros andados y parece que este año ha venido más gente que el anterior. Tengo aquí a mi lado a Matilde, que lleva haciendo este camino desde…>>
Los dos formábamos un trío con la tele. Ella era la única que hablaba. Aquella tarde, la escuchaba con los ojos cerrados y la cara pegada al respaldo del sofá.
<<Muchas gracias Matilde. Que le sea leve. Y ahora, voy a entrevistar a esta pareja que, como pueden ver, viene con una botella de ron para que les suavice el camino. Y dígame usted caballero. ¿Qué le va ha pedir a la virgen?>>
<<Nada. Soy ateo. Y en el caso que me hubiera traído hasta aquí alguna divinidad, sin duda alguna, ésta sería Baco>>
Conocía esa voz, pero hasta la última noche en que lo vi, su dueño no tenía pareja. Abrí los ojos y volví la cabeza hacia la tele. Sí, era él.
La reportera tardó en enunciar la siguiente pregunta. La respuesta de Galván le había cogido por sorpresa. Ya no se dirigió más a él, sino a su pareja. Hasta ese momento no había sido enfocada por la cámara.
No pude escuchar la pregunta ni la contestación. Sólo fui capaz de observar como se movían los labios de Aurora.
La reportera les pidió que se dieran un beso para la audiencia.
5
- ¡Oiga! ¡Oiga! ¡Espabile!
La orden del camarero era fácil de acatar, pero tenía los orificios nasales taponados y el corazón no me daba para más.
- Haga el favor de marcharse de aquí, por favor. En este bar no queremos borrachos terminales. ¡Oiga! ¿Me escucha?
- Sí hombre. Te escucho.
- Pues haga el favor de marcharse.
- No te pongas así. Ya me voy. Entiendo tú trabajo ¿sabes? Yo también he trabajado de camarero. No te imaginas todos los trabajos de mierda que he tenido. Espera un momento a que se me pase el mareo y me iré, por favor.
El camarero no volvió a hablar. Tiró de mi brazo hasta que estuve de pie. Cuando me empujó hacia la puerta de la calle el estómago no aguantó más. Al ver la primera arcada, supo lo que se le venía encima, pero no pudo impedir que llenara el suelo del arroz blanco de la cena.
-¿Ves lo que has hecho? Te lo dije – le recriminé amistosamente.
Él me empujó hacia la salida con mayor violencia.
- Espera. Vamos a hacer una cosa. Yo friego el suelo y tú me dejas quedarme. ¿Qué te parece?
Su puño apuntando a mi cara, hizo que cediera en mis intentos. Dejé que me siguiera empujando hasta que estuve en la acera de la calle.
No tenía fuerzas para volver a casa, así que me tumbé en un portal para intentar recobrarlas, pero cuando parecía que no había pasado ni un minuto, los lametazos de un perro abandonado me hicieron despertar. Mis ojos permanecieron achinados por la luz del sol.
6
Hacía tiempo que no conducía por la carretera del norte. Por lo menos desde aquellos días de acampadas en la playa.
Comenzó a llover. Antes hubiera levantado el pie del acelerador.
La lluvia que golpeaba contra los cristales desfiguraba el paisaje nocturno y la línea del horizonte. El mar y el cielo se fusionaban y parecían crear el mismo espacio.
Siempre me encantaron esos huecos en la realidad. Un día de niebla espesa. Las esculturas que dibujan el vacío. El tiempo muerto de donde surgen los sueños.
7
Llegué un poco después de que parara de llover.
A esas horas, los coches pasaban por el puente de Silva a cuentagotas, por eso no esperaba encontrarme con aquella silueta.
Estuve a punto de volver sobre mis pasos, subir al coche y alejarme por donde había venido, pero una voz de mujer me detuvo.
- ¿Qué pasa? ¿te doy miedo?
- ¿Quién eres? – pregunté.
- No creo que eso tenga mucha importancia si hemos venido aquí.
- ¿Vienes a darme la bienvenida?
- No. Pensaba que eras tú quien venías a dármela a mí.
- ¿Entonces a qué has venido?
- A ver la playa – contestó a la vez que señalaba la playa en la que acababa el barranco que estaba debajo del puente. – El problema es que estas vallas que han puesto a parte de las barandillas enrejan las vistas.
- Las han puesto por los suicidas. Aunque me parece una idea estúpida.
- ¿Por qué?
- Porque no creo que a alguien que este dispuesto a caer cien metros para acabar en el fondo de un barranco le importe mucho escalar una valla.
- Tienes razón, pero hay gente que no tiene fuerzas para escalar una valla. Aunque siempre puede ocurrir que alguien que pase por allí les ayude a subirla.
Un coche pasó. Sus faros nos iluminaron.
- Nadie sería capaz de ayudar a alguien a subir una valla para que se suicide.
- El mundo está lleno de asesinos.
- Pero no todo el mudo es un asesino.
Sentí que su mirada rebasaba la oscuridad.
- También hay gente que lo hace y no son asesinos. Como quien ayudó a Ramón San Pedro ha suicidarse.
- Pero eso es distinto.
- ¿Por qué? ¿Nunca has sentido que tu cuerpo te responde pero que nada puede hacerte levantar?
- … Ya basta de comparaciones. No pienso ayudar a que te tires.
- No te pido que me empujes, sino que me ayudes a escalar la valla. Después nos podemos lanzar juntos, como si fuéramos dos enamorados.
- No me vendas la moto. Yo ya no creo en esas cosas.
- Es cierto. No te he puesto un buen ejemplo.
-Vamos a hacer una cosa. Yo me tiro antes y así ves como subo.
- Está bien.
Escalé la valla lentamente para demostrarle que hacerlo no entrañaba mucha dificultad, después me senté en el borde a horcajadas, con un pie apuntando hacia el barranco y el otro hacia la carretera.
Allí subido, el viento parecía soplar más fuerte.
- ¿Qué? ¿No te atreves?
- ¿Te puedes callar un momento?
Cerré los ojos y tomé impulso.
- En el caso de que hubiera vida después de la muerte, nos vemos dentro de unos minutos. – Traté de que aquellas fueran mis últimas palabras, pero no podía moverme y comencé a temblar. – Qué frío hace.
- ¿No has traído abrigo?
- Se me quedó en el coche.
- ¿Quieres que te lo traiga?
- ¿Para qué?
- Dijiste que tenías frío.
- ¿Has olvidado por qué estamos aquí?
- Claro que no. Pero, no sé, tengo la impresión de…
- Adelante. Suéltalo.
- Si estuvieras tan seguro, no te hubieras asustado cuando me encontraste.
- Pues yo estoy convencido de que tú tienes fuerzas para subir la valla.
- Si te soy sincera… incluso he hecho cursos de escalada.
No sé cuanto estuvimos en silencio. A veces pasaba algún coche que aminoraba la marcha al verme allí subido, aunque nadie paraba.
- ¿Cómo has venido? – le pregunté más tarde.
- En guagua.
- ¿Quieres que te alcance a tu casa?
- Me harías un gran favor.
- Te llevaré. Pero, antes, te agradecería que me ayudaras a bajar de aquí.
8
El humo dibujaba formas aleatorias en torno a la lámpara de la mesilla de noche. Su aroma ocultaba por momentos los olores corporales que inundaban el cuarto. Catalina fumaba sentada en la cama y con los pies cruzados.
- Una vez conocí a una señora que afirmaba ser médium. Me dijo que, en otra vida, fui la princesa de una aldea nativa de Méjico. Yo no nunca he creído en videntes, aunque no pude evitar imaginarme a mi misma hablando un idioma desconocido y ataviada con extraños ropajes. ¿Y tú? ¿Crees en la reencarnación? – me preguntó después una de nueva calada.
- No.
- ¿Por qué?
- Porque no quiero creer. La reencarnación me agobia. Me parece que es como estamparse la cabeza contra un muro una y otra vez.
- A mi parece esperanzadora. Creo que las personas que sueñan con un presente mejor, buscan la felicidad que saborearon en una vida pasada. Por eso me encontraste en el puente, aunque en pos de una vida futura en la que reencarnarme.
- Quizás te decepcione saber que yo buscaba volverme tan inmune e inerte como las piedras.
- Como la mayoría de los que quieren suicidarse. Pero lo que sucedió fue que nos encontramos, ¿y no es este hecho, al fin y al cabo, como una reencarnación?- dijo a la vez que acariciaba mi cabeza con la mano que no sostenía el cigarrillo.
- Pues sí lo es.
- ¿Y eso te agobia?
- Si te dijera que sí, te mentiría.
- Entonces ¿Sigues sin creer en la reencarnación?
- Sigo sin quererlo.
- No te entiendo. ¿No estás bien conmigo?
- Claro que sí. Pero… ¿no te parecía igual de esperanzador el momento en el que empezaste con ese sinvergüenza del que me hablaste antes?
- Pues sí. Pero sé que esto distinto.
- Y seguro que en aquel momento pensaste lo mismo.
- …
- ¿No crees que si este momento sirve como prólogo a una relación, nos podríamos acabar convirtiendo en esas mismas personas, en esos antagonistas dentro de nuestra historia particular, que nos empujaron hacia el borde de un puente y a los que nosotros empujamos a abandonarnos?
- Lo que te pasa es que tienes miedo.
- Sí, un miedo que me impide saltar de un puente y me hace aferrarme a la vida, pero que a la vez me separa de ella por el miedo a tropezar una y otra vez con la misma piedra.
- Me gusta levantarme después de los tropiezos y creo que cuando eso se consigue es cuando una se siente viva de verdad.
- Si yo hubiera sido un poyuelo de esos que salen en los documentales de la tele, seguro sería el que se muere de hambre o es echado del nido por el hermano más fuerte. No tengo ganas de luchar, ni de aguantar caídas, y mucho menos, de tener que levantarme una y otra vez.
- Pues, por el momento, aquí tienes una mamá pájaro dispuesta a cuidarte y amamantarte .
Saboreé el pezón que me ofreció, deleitándome en el aroma y el cariño que manaban de la piel. Después, ella dejó el cigarro en el cenicero y seguimos jugando a ser pájaros mamíferos.
9
Catalina y yo teníamos en común más cosas que el intento de suicidio, y una de ellas era el deseo de viajar en tren por Europa. Por eso me encuentro sentado al lado de la puerta de embarque, esperando un avión con destino a Barcelona mientras escribo en esta libreta.
Catalina no viene conmigo. Su avión sale mañana. Acordamos que haríamos itinerarios distintos y nos encontraríamos dentro de un mes en Atenas. Allí comprobaremos si realmente deseamos compartir nuestras vidas.
Algunos dicen que la vida es una montaña rusa llena de subidas y bajadas. Pero yo creo que es una habitación donde no se alcanzan a ver paredes, puertas, ni ventanas, y por donde nos transportamos rebotando del techo al suelo, del orden al caos. Ahora me encuentro en plena ascensión, temeroso de tocar techo y volver a darme contra el suelo, aunque tengo la esperanza de abrir un hueco entre las vigas y el cemento, y romper la rutina saliendo al cielo abierto que cubre las praderas.
Me hablaron de una niña chica con el brazo quemado,
que no lloraba y aguantaba el sufrimiento.
Me hablaron de una niña chica con el brazo quemado,
que no tenía antibióticos para aliviar lo que ocultaban sus ojos secos.
Me hablaron de una niña chica con el brazo quemado,
e infectado por la desidia de los suyos y los ajenos, que observan su desgracia desde pantallas, al otro lado del océano.
Me hablaron de una niña chica con el brazo quemado,
a mí, que lloraba porque no me podía hacer en el brazo el tatuaje que
anhelo.
Me hablaron de una niña chica con el brazo quemado,
que no escuchaba las sirenas de ambulancias que invaden la noche de estas ciudades con molestos ecos.
Me hablaron de una niña chica con un brazo quemado,
deseosa de los antibióticos que adulteran las drogas que cada noche me meto.
Me hablaron de una niña chica con el brazo quemado,
tan chica que quizás no sepa que puede perderlo.
Me hablaron de un niña chica con el brazo quemado,
y lo peor es que por mucho que me indigne, me cabree y escriba esto,
yo sigo aquí quieto,
mientras ella sigue con un brazo quemado,
y su brazo amenaza con ser pasto del recuerdo.
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