Aquella noche, cada uno pretendía deambular en soledad por las calles, como licántropos que buscan devorarse a sí mismos para acallar pasiones. Pero, cuando nos vimos, no dudamos en romper nuestras corazas para lanzarnos, en carrera, a una fiera cacería de lenguas.
Chocamos, nos embadurnamos las bocas y las caras con tabaco y ron. Huimos por la llanura de asfalto mientras nos olisqueábamos como perros y ayudábamos con las zarpas a ese cadencioso reconocimiento. Nos arrancamos a mordiscos los disfraces que ocultaban nuestra verdadera naturaleza.
Después vinieron los aullidos, y la noche fue su pasto.
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