El sol que entraba por el pinar nos calentaba ayudado por la soledad de nuestros cuerpos desnudos.
Entonces vimos un pino inclinado y de ramas cambadas quien sabe si por el viento, o por los amantes que, como tú y yo, se subían a ellas para regar sus raíces de líquidos amatorios.
Te acomodaste en una rama formando una nueva horqueta, un injerto de carne excitada y muslos tiesos, después yo me subí en otra y proseguí los injertos, si embargo, estos últimos se hacían y se deshacían, se hacían y se deshacían… ignorando el atardecer, la noche, el frío.
0 Respuestas a “INJERTOS CARNOSOS”