Tus numerosos lunares, guiaban mi lengua en innumerables travesías por tu cuerpo. Eran las estrellas que orientan a los navegantes en las noches de la mar, pero mi lengua navegaba por un fondo seco que no tardaba en verse inundado de babas y semen.
Ahora los miro, inútilmente empalmado, aislado en un extremo de la cama y añorando la barca del deseo que sucumbió en un tsunami de reproches.
Ahora soy un navegante frustrado para quien el mundo se ha vuelto plano, porque sólo veo una espalda, y sus lunares, que se han vuelto rojos, me hacinan en la desidia.
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